Silencio de festivo
Gotas de lluvia que caen tardías ancladas en las hojas de los árboles
El aire fresco me roza el pelo
y los pájaros se responden melodías de mayo mientras lloro
Silencio de festivo
Gotas de lluvia que caen tardías ancladas en las hojas de los árboles
El aire fresco me roza el pelo
y los pájaros se responden melodías de mayo mientras lloro
Todo está bien.
Aprenderás a vivir solo de nuevo, sin tenerme tan firme en tus pensamientos.
Y, si nos volvemos a encontrar, espero que sea un feliz encuentro.
Debemos partir.
Porque mi salud viene antes que tu desesperación.
Y tu paz viene antes que mis celos.
Me despierto con suficiente malestar como para notarme melancólica o tranquila o agotada o molesta.
Y claro que paso por momentos de pensar en lo que sucedió
hace días
hace semanas
hace meses.
Y no me enfada:
sólo me desagrada por desgaste,
y me pone triste, pero sin lágrimas en los ojos,
como cuando miras por la ventana al jardín, sin saber ya qué esperar de nada, ni de nadie, ni de ti mismo.
Y veo cómo los rincones de la casa van acumulando prendas, objetos, papeles, aunque crea recordar haberlos recogido todos hace un momento.
Porque la vida sigue pasando, pero de una forma extrañamente casual.
Me decido por deshacerme de cosas. No porque me recuerden a ti, sino porque, cuando lo paso mal, me vuelvo más útil y desprendida.
Las galletas a la basura (esas, que no quieren caer de lo perfectamente encajas que están en el bote, como si alguien las hubiera colocado delicadamente a mano en armonía fractal), la ropa (ya limpia y doblada) en una caja.
Y tú seguramente preguntándole a la IA qué hacer con tu vida porque no puedes resolverlo solo.
Una limpieza física que limpia algunas impurezas en la superficie del alma.
Descubrirás que los días sin mí no son tan malos
y que todo está bien cuando dos almas se han querido.
Al final queda, quizás, un recuerdo pequeñito y lejano de algo puro que no pudo ser, pero que, al menos, fue.
Sigue hacia delante porque es lo que yo querría para ti;
porque es lo que cualquiera querría para ti.
Alguien me preguntó ayer cómo andaba de salud y al momento se corrigió y me dijo: ¿El amor va bien? Porque, si el amor va bien, todo está bien.
Es bonito, pero no lo tuve muy en cuenta. Era alguien muy mayor, de quienes se suele valorar la larga experiencia en la existencia. Y, aún así, no lo tuve muy en cuenta. Si no es amor hacia alguien, es hacia algo o hacia nosotros. ¿Qué nos quita de amar una idea o a un amigo para sentirnos realizados y felices? No es sólo el romanticismo lo que nos tiene atados a este mundo. Quizás la fe. Y ¿dónde están los límites entre la fe, el amor, la motivación y la pasión? ¿Qué nos mueve? ¿Cuáles son tus principios y cuáles tus prioridades y cómo evolucionan en el tiempo dentro de una lógica y una madurez? No tienes por qué pensar igual que yo. Ni que nadie. O sí.
Y me sigue gustando el olor a café, aunque odie mi trabajo. Pero el aroma no lo es todo para seguir metido en un pozo, ni te llena de esperanza para siempre. Ni te nutre. Es vivir cegados dentro de una niebla.
Hay algo en lo que sí creo y es que, a veces, tienes que dejar ir algo precisamente por ser lo que más quieres en el mundo.
Quizás tengamos que admitir que, si no sabemos cuidarnos de cerca, habrá que hacerlo en la distancia y en el olvido
y que nuestros caminos, aunque se juntaran, nunca tuvieron un mismo destino.
Quiero que entiendas que mi paz no está entre tus brazos
y nunca lo ha estado.
Mi paz está en mirar el cielo nocturno repleto de estrellas.
Porque paz y refugio no tienen por qué estar en un mismo lugar.
No tuvimos tiempo de apenas conocernos.
A estas alturas, podría decir que ni siquiera me dejaste conocerte
(aunque lo que no se muestra también demuestra, para bien o para mal).
Y, aún situando un muro entre nosotros, crees saber cómo me siento
y me atacas desde tu dolor para hacerme reaccionar.
Para, respira y piensa. Y no juzgues afligido lo que no conoces.
Sé que tienes que escucharlo, como siempre lo has necesitado:
que me importaste y me importas
que te amé y te amo
con todos tus fallos, pero no por encima de ellos a la desesperada
porque no nos conviene, ni nos hace bien.
Te deseo observar el mundo alrededor
Pensar antes de hablar
Escuchar antes de sentenciar
Actuar antes de prometer
Aprenderás a vivir solo de nuevo, sin tenerme tan firme en tus pensamientos.
Quizás cambies o marques objetivos en tu vida o te olvides de ser mejor.
Al menos, si nos volvemos a encontrar, espero que sea un feliz encuentro.
–
[De fondo: cozy jazz cafe]
Y pensar que, aquella mañana, volví a ver tu amor y el mío
cuando paseábamos de la mano y nos daba el sol en la cara
y, convencida de todo en este mundo,
pensé en decir algo que no hubieras imaginado.
Y pensar que, al día siguiente, me hubiera arrepentido tanto
de aquellas palabras que no esperabas;
y doy gracias a mi prudencia al dejar en pausa
algo que, poco después, me hubiera aún más destrozado.
Ya se me pasará solo. Quizás me agote y, al final, eso me haga dormir, como me ha pasado otras veces, aunque ya fuera a las cinco de la mañana.
Y sigo llorando y pensando en todo lo que ocurrió esa noche. Y se siente como una pesadilla estando despierta.
¿Y si yo le quiero porque él me quiere? ¿Y si soy recíproca en eso, como en tantas cosas?
Si es así, ¿son, entonces, esta unión y mi amor, que no mi cariño, menos válidos?
¿Sabes aquello que dicen de que entre el amor y el odio, hay un paso?
No lo hay. Son muchos, muchísimos los que uno da para que le odien, para conseguir ser odiado. Uno tras otro, insistente y consciente y naive. Irresponsable y mediocre, egoísta y de sublime altivez.
El odio también es persistencia, ánimo al sufrimiento del otro. Un grito pidiendo atención. Mil dagas lanzadas al vacío hasta formar una montaña que cualquiera pise. Una mano invisible en el cuello, que incrusta las uñas para no dejar ni respirar, ni hablar, ni reaccionar; que se hunde en la cara, con los dedos en los ojos, para no dejar ver, ni apreciar, ni llorar.
El odio es trabajado, es usado, es débil y es sincero. El odio es enfermizo, es oportunidad, es deseo y es correspondido. El odio es y era y será. Y será las gotas de la lluvia que deshacen la piel al rozarla. Y las algas que te arrastran, del pie, mar adentro. Y el viento que siempre silencia tus respuestas.
Meter los pies en el agua
Y sentir la brisa en la cara
Escuchar tus palabras
y el sonido de las hojas
Apoyar mi cabeza en tu hombro
y mirar muy lejos, en la distancia
¿Estás bien?
No, no estoy bien.
Le tomo la cara.
Ayer hubo un momento en el que no estaba enamorado.
Me toma la cara y la vuelve a soltar. Le suelto y abro los ojos sorprendida.
Lo siento, cielo. Es así.
Supongo que a todo el mundo le gusta la Luna.
De una manera u otra.
Pero no todo el mundo la considera su único Amor. No todos intentan leerla, escucharla, escribirle, hablarle, sentirla, tocarla en la almohada, beberla en el reflejo del río, atraparla en el pensamiento y liberarla en las palabras, perseguirla y buscarla. Cada noche.
No para todo el mundo es ella la inspiración más grande que existe, en todas sus formas, estando y no estando, visible y oculta. Permanente.
Un amor eterno, interno, literario, fogoso, zalamero; un sentimiento y un sentir fuera y más a allá de lo esotérico. En lo palpable, lo intocable y lo sonoro. En la tierra y debajo de ella. En las cortinas de una ventana abierta, en el corazón y en las hojas de los árboles.
Gracias por escribir
lo bueno
lo malo
Por dejarme verte
Por mostrarme tus sentimientos